¡SALIR, QUÉ BUENO!

Queridos parroquianos:

¡Salir, Dios mío, qué bueno! Sí que gusto. Aunque todavía no podamos salir de la provincia ya nos dejan abandonar la ciudad, menos mal, había ganas. Pronto, quizás después de la cinco-marzada, incluso al Pirineo. Cierto, hemos experimentado sobradamente que salir es algo bueno y necesario, lo contrario hasta nos enfermiza.

Nos dice el Papa;  “El hombre tiene que llevar a cabo esta empresa: salir de sí mismo” (FT 88) porque  un ser humano no se realiza sino es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.  No obstante nos recuerda también que “el individualismo radical es el virus más difícil de vencer” (FT 105). ¿Por qué será? ¿No habrá vacuna? Efectivamente no nos  gusta estar solos pero sí que todo gire alrededor de nuestros deseos y necesidades. Plantear la vida así crea un estilo individualista que desemboca en la soledad. Tremendo la epidemia de soledad de los países desarrollados puede llegar a hacerse pandemia. Vencer el individualismo conlleva salir de uno mismo, de mis problemas y preocupaciones, de mis miedos y seguridades,  para salir al encuentro del otro. Si me encuentro con alguien con mayores problemas los míos se hacen pequeños y pesan menos. Si por el contrario sus problemas son más pequeños que los míos, se comparten los gordos y se llevan mejor.

Para no caer en una sociedad donde el individualismo imponga su dinámica hay que crear una cultura del encuentro. Esto conlleva vivir la amabilidad y el trato cortés, la vecindad y la amistad, el diálogo y la escucha, la benevolencia y la gratuidad, la paciencia y la esperanza, etc. y etc., es decir, dar espacio al otro en mi vida y darle tiempo, sí de tu tiempo. Hoy que vamos con tantas prisas y urgencias, así el tiempo es oro tenemos que producir, no obstante el encuentro no pertenece al tiempo productivo sino al celebrativo. Una cultura que siempre sepa celebrar el encontrarse, otra cosa es muy poco elegante. Salir de mis planes, de mis objetivos, de mis expectativas, para que el encuentro los transforme, con las purificaciones que conlleve, de míos en nuestros. Vivir así vale la pena pues “nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar (FT 87).”

Salir es algo que nos apetece y como todos los deseos tenemos que encauzarlo y, más aún, estando ahora en cuaresma.  Salir de mi área de confort es siempre molesto pero liberador. Hacer que el calor del hogar vaya ganando la calle, la empresa, el parque, la naturaleza y que los hombres vivamos como hermanos en una misma casa. Es un sueño de la cultura del encuentro que nos mantiene despiertos para la acogida de personas, de sucesos y de lo nuevo. Quien no sale de lo seguro es porque tiene miedo de perder lo que tiene y no tiene esperanza de alcanzar algo mejor. Una tumba por muy confortable que sea  es siempre un mausoleo. Salir nos hace sentirnos vivos.

¡Qué bueno salir! Pero nada con exceso. Respetemos los límites sanitarios pero además  si uno no sabe recogerse corre el riesgo de no encontrarse, y por tanto de no saber estar solo, de no escuchar el silencio, ni ser capaz de contemplar. Y al salir se pierde, así, ver, oler, oír, gustar y sentir que bueno lo hizo todo.

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