EL DUELO 

Queridos parroquianos

Hoy es sábado santo, un día de duelo. Queremos acompañar la soledad de nuestra madre la Virgen. El duelo del sábado santo es tremendo, más después de cómo ha sido la muerte de Jesús. La tristeza, la desesperanza, la frustración conquistó a algún apóstol, el respeto, la espera, el silencio, la soledad estaría en otros, sobre todo en María.

El duelo por la pérdida de un ser querido es una realidad y necesidad en nuestras vidas. Sin embargo tenemos tantas prisas, tantas urgencias, tantas ocupaciones, hay que seguir viviendo nos decimos. Por nuestro estilo de vida en nuestra sociedad hemos expulsado este proceso del duelo. Antes existía el  luto con sus tiempos y vestidos, ahora hay que volver cuanto antes, pues nada se para y nos espera, a la actividad diaria. Si es un familiar cercano tendremos unos días de permiso y nada más, después como si no hubiese pasado nada todo  continua. Pero las cosas que quedan sin terminar quedan pendientes. El proceso del  duelo que termina con la aceptación de cualquier pérdida y nos abre a empezar de nuevo si no se queda realizado estará pidiendo se finalice.

Con la pandemia hemos reducido la muerte a datos y números. Pero detrás hay rostros, personas, historias. Nos invita esta situación a recuperar el duelo en nuestra sociedad como algo bueno y necesario.

He empezado esta carta hablando del sábado santo aunque sabemos que Cristo resucito y se apareció al tercer día esto transformó el duelo que los discípulos vivían. La luz pascual invadió sus corazones sin embargo tuvieron que vivir el duelo de que ya no verían a Jesús como antes y con la venida del Espíritu Santo se acabarían las apariciones. Pasarían a la conmemoración que no es un mero recuerdo nostálgico de resignación sino una actualización de la vida de Jesús, una presencia real pero no física sino mistérica. En la desbordante alegría pascual anhelarán también la presencia física de nuestro salvador. 

Jesús está vivo, resucitado, glorioso pero aún tenemos que esperar hasta que sea plena nuestra participación en su estado de vida. Mientras nos queda buscar su presencia con la confianza de la fe, con el ánimo de la esperanza y con el encuentro de la caridad. Y en su presencia se hace presente toda la humanidad, los vivos, los muertos y los que vendrán. En Él, cabeza de la humanidad, el duelo queda transformado, queda inoculado de esperanza, no anulado sino  posibilitado de ser vivido de una nueva manera.  

No nos acostumbremos a la muerte, ni mucho menos la silenciemos o le quitemos importancia. Al contrario aprendamos a vivir el duelo en esta cultura que nos toca vivir para ser más humanos y más creyentes.

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