LECTIO

Primera Lectura: 2 Crónicas 36,14-16.19-23

A la infidelidad creciente del pueblo, Dios opone la delicadeza de un amor fiel. Envía profetas para llamar al camino de la verdad, pero en vano. Para conducir al pueblo a la salvación deberá entonces hacer que pase por el crisol del sufrimiento: la devastación del templo y la ciudad, la amargura de un largo destierro, devolviendo a la tierra de Judá el reposo sabático del que se había visto privada.

YHWH, Señor de la historia, confía a un rey extranjero la tarea de reconstrucción del templo de Jerusalén. No se trata sólo de una obra material, pues está unida a la restauración moral y espiritual. La referencia continua a la palabra de los profetas (w. 15.21s) subraya la fidelidad-verdad de Dios: él actúa siempre según un designio de salvación, pero exige al hombre la acogida dócil y la colaboración activa.

Segunda Lectura: Efesios 2,4-10

La redención revela que Dios es amor y gracia a rebosar. El mediador de la salvación es Jesucristo: asumiendo un cuerpo semejante al nuestro, con su muerte vence nuestra muerte, con su resurrección nos abre el camino. Como don gratuito, la humanidad ha sido asociada a la glorificación de Cristo.

En virtud de esta unión con él, la naturaleza y la historia del mundo resultan, a los ojos del Padre, unitarias y sencillas: son la misma historia de Jesús. Volviendo con la afirmación del v. 5, Pablo desarrolla el tema de la gracia. La omnipotencia de Dios se manifiesta en su amor. Frente a esta gratuidad, desaparece toda obra humana o, mejor, el mismo hombre se convierte en nueva criatura y sus obras no son sino el desbordar de la gracia divina en él. Desaparece cualquier asomo de vanagloria: sólo hay lugar para la gratuidad, la eucaristía.

Evangelio: Juan 3,14-21

Jesús se parangona con la serpiente de bronce que Moisés había alzado en el desierto para librar de la muerte segura al pueblo pecador (Nm21,8s).

La serpiente recuerda la muerte, pero también su antídoto. De hecho, en la civilización en contacto con Israel, la serpiente era figura de la fecundidad. La elevación de Jesús en la cruz como maldito, aunque represente el culmen de la ignominia, constituye también el máximo de su gloria. Encontramos aquí la primera expresión de la teología joanea que hace coincidir la elevación en la cruz con la glorificación de Cristo, porque precisamente en la cruz se manifiesta en todo su esplendor el amor salvífico de Dios. Todo esto lo desarrolla en los versículos sucesivos: es el amor el que mueve al Padre a entregar al Unigénito para que el hombre pase del pecado a la vida eterna (v. 16). Pero este don exige la acogida de la fe: en el desierto había que mirar a la serpiente de bronce, ahora se debe creer en Jesús. El envío del Hijo es para una misión de salvación (v. 17), y cada uno, con su adhesión o su rechazo, hace una opción que implica un juicio.

MEDITATIO

La Iglesia -cada cristiano- siente que debe vivir cada vez más en Cristo para poder dar vida a quien yace «en las tinieblas y sombra de muerte». Teniendo la mirada fija en él, la comunidad cristiana puede alimentar la lámpara de la esperanza. Pues Cristo, sacerdote y víctima, es el documento con el que el Padre celestial nos declara su amor infinito, nos revela su designio de salvación y nos invita a acoger su don. Deseamos la vida, pero estamos rodeados por la realidad de muerte. Para que crezca la vida, es preciso insertarnos en la fuente de la vida que es Cristo, es necesario hacer de la vida presente un don.

El tiempo con Jesús, vivido minuto a minuto, adquiere un significado nuevo. Él se presenta como elevado en la cruz, pero también como glorificado en el sufrimiento. En él se nos brinda la visión concreta y desconcertante del amor de Dios. Si tenemos los ojos fijos en el Crucificado, poco a poco, como fuente viva, brotará en nosotros el testimonio del Espíritu: Cristo «me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20). Y esta fuente no dejará nunca de borbotear su canto de amor en el que confluyen lágrimas de arrepentimiento y lágrimas de alegría. Por pura gracia estamos salvados mediante la fe, por gracia, por gracia…

ORATIO

Jesús, sacerdote eterno, que sabes compadecerte de nuestras enfermedades, que has sido probado en todo, tenemos los ojos puesto en ti: somos tuyos, acógenos. Déjanos oír hoy tu voz, tu Palabra, para que no se endurezcan nuestros corazones. Haz que también nosotros nos dejemos herir por el amor y el dolor para adherirnos con fe a la santísima voluntad del Padre.

Tú has sido fiel hasta la cruz para abrirnos el camino del santuario del cielo, donde habrá plena paz. Haznos sentir hoy, cada vez con más intensidad, la urgencia de llegar a ser santos, totalmente dados a los demás para ayudarles, confortarles, ser para ellos fieles compañeros de camino. No es mérito nuestro el haberte encontrado y conocido: es don de tu gracia, que siempre nos renueva y nos sorprende; que todos los hombres puedan leer en nuestro rostro el gozo de pertenecerte, el anhelo de anunciarte, el deseo de vivir para siempre en la Jerusalén celestial, en el seno de la Santísima Trinidad.

 

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