LECTIO

Primera lectura: Génesis 9,8-15

La sección narrativa referente al diluvio se abre con la visión de la maldad «en la tierra» (6,5.12) y es la clave en el recuerdo de Dios (8,1); en la conclusión se dice que el Señor mirará al arco en las nubes («en el cielo») para recordar la alianza eterna entre Dios y todo viviente (9,15s); El Señor, pues, decide tener en cuenta sólo su propia gracia. Para permanecer perennemente fiel a la humanidad, quiere recordar únicamente su propia fidelidad al pacto. Las aguas de muerte se convierten en instrumento de epifanía de la misericordia, baño de regeneración para la humanidad, figura del bautismo que nos salva.

Segunda lectura: 1 Pedro 3,18-22

En un tiempo Dios salvó cruzando las aguas del diluvio a un «pequeño resto» de la humanidad que había hallado gracia a sus ojos (v. 20b: el número ocho rebosa simbolismo pascual y bautismal). Pero la figura llega a su extraordinario cumplimiento en la redención de Cristo para aquellos que, a través del agua del bautismo, la hacen operante en su propia vida. La inmersión bautismal es invocación a Dios para que la eficacia de la muerte, resurrección y ascensión al cielo de Cristo llegue también a nosotros (vv. 21s).

Evangelio: Marcos 1,12-15

El Espíritu impulsó a Jesús hacia el desierto, «donde Satanás lo puso a prueba durante cuarenta días.

El Espíritu es quien empuja con fuerza a Jesús. Marcos no precisa los detalles concretos de la tentación (probablemente fue tentado acerca del modo de realizar su misión), pero deja entender que se prolongó a lo largo de su estancia en el desierto.

El v. 13b nos dice que fue un combate victorioso desde el principio: afirmar que Jesús «vivía con las fieras» equivale a presentarlo a la vez como el nuevo Adán que resiste al tentador y por eso es señor de un cosmos en paz y armonía (Is 11,6-9)

Jesús proclama la Buena Noticia, el tiempo de la promesa «ha cumplido el plazo» y «está cerca» el Reino al que tendía toda la antigua alianza: para acogerlo, para entrar en el Reino, es necesario «cambiar de mentalidad» (en griego, metanoéin) y aceptar la lógica exigente y desconcertante de la fe, la adhesión amorosa y activa al designio de Dios.

MEDITATIO

El nuevo comienzo no depende de mi frágil voluntad, sino de su omnipotente voluntad de amor. Precisamente, esto es lo que me ofrece hoy, como gracia eficaz, la Palabra que he escuchado en la liturgia. Mensaje de novedad que emerge del diluvio y brilla con los colores del arco iris, dando paz al corazón: se ha lavado el pecado que me pesa y me embrutece. Lavado con lágrimas de arrepentimiento en las aguas bautismales, en la sangre de Cristo.

Nadie está del todo perdido, nadie debe perder la esperanza. Jesús ha experimentado mis tentaciones y ha vencido al Maligno. De él puedo obtener fuerza cada día; se ha cumplido el plazo; Dios, si se lo permito, reinará en mi corazón. Sí, hoy, como nueva criatura, comienzo.

ORATIO

Oh Cristo, salvación de cuanto estaba perdido, tú sabes bien la de veces que he intentado volver a empezar, pero he sido derrotado por el pecado. Cada vez me encuentro más cansado, más viejo de corazón. Hasta me pregunto de qué sirve intentarlo.

Oh Señor, fortaleza del que está tentado, tú sabes cuántas veces he fallado, y, sin embargo, te acercas a mí: tú eres el único que puedes ayudar al encarcelado espiritualmente. Y hoy te espero, te invoco.

Oh Cristo, paz del que en ti confía, acógeme una vez más. Tú has vencido al Maligno que acecha a todos los hombres y vienes a darme la Buena Noticia: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino». Que la gracia no pase de vacío: conviérteme a ti, hoy. La vida contigo y en ti será cada instante la maravilla de una nueva creación.

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