LECTIO
Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 4,8-12
La curación del paralítico atestigua su presencia siempre operante, la continuidad de su misión,
que es precisamente la de salvar (ése es el significado etimológico del nombre «Jesús»). Y no sólo
está aún vivo, sino que es el único Salvador, como atestiguan las Escrituras. Jesús, piedra
rechazada por los constructores (Sal 118,22), piedra de tropiezo que discierne las intenciones de
los corazones (Is 8,14), es el fundamento (Le 20,17s) en el que todo se apoya (Is 28,16).
Pedro les dice a los «constructores», es decir, a los jefes de la comunidad, que ningún hombre
puede arrogarse el derecho de legislar sobre las personas, sino que tiene que limitarse a disponer
con sabiduría las piedras particulares, de modo que el edificio se levante compacto: el
fundamento, estable y probado a fondo por el sufrimiento de la pasión, ya está puesto. «Nadie
más que él puede salvarnos.»
Segunda lectura: 1 Juan 3,1-2
Juan insiste, pues, en volver a llamar a los creyentes al «conocimiento de la fe», o sea, a mantener
viva la conciencia de la gracia recibida mediante la adopción como hijos de Dios, llamados a la
visión del mismo, a la vida de plena comunión con él en la gloria, cuando nos conoceremos de
verdad a nosotros mismos en él. Ahora bien, ver a Dios es la bienaventuranza prometida a los
puros de corazón (cf. Mt 5,8): en consecuencia, nuestra realidad presente y nuestra condición
futura incluyen un compromiso de continua conversión (v. 3), sostenido no tanto a partir de
esfuerzos voluntaristas, sino alimentado por el deseo de contemplar a Dios y corresponder a su
amor.
Evangelio: Juan 10,11-18
El amor del buen pastor que aparece en los vv. 14s está expresado sobre todo en términos de
«conocimiento», o sea, de comunión profunda entre Jesús y sus ovejas. Éste es el reverbero
transparente de la relación que existe entre el Padre y Jesús, una relación de entrega absoluta y
desinteresada que se difunde y rebosa sobre los otros: «Lo mismo que mi Padre me conoce a mí y
yo le conozco a él; y yo doy mi vida por las ovejas». Jesús no habla aquí de «sus» ovejas, sino de
«las» (todas) ovejas, aludiendo así a su misión respecto a toda la humanidad, que ha venido a
reunir para volver a llevarla al Padre, como esposa toda bella, sin arruga ni mancha.
MEDITATIO
Jesús afirma, en primer lugar, que el buen pastor «da la vida por las ovejas» no sólo de palabra,
sino con los hechos. Cuántas doctrinas, cuántos maestros de sabiduría o de ciencia se asoman al
escenario y prometen llevarnos lejos, hacia una realización plena… Ahora bien, ¿quién puede
liberar al hombre de la más pesada y desconocida esclavitud, de la que derivan todas las demás, y
que es la esclavitud del pecado? Jesús ofrece su vida para despertarnos a una vida de horizontes
infinitos, llena de esperanza y de belleza. Más aún, «conoce a sus ovejas», establece con ellas una
relación que es como la que le une a él con el Padre, una relación de amor tan oblativo y total que
personaliza al otro, que lo hace existir en su verdad y en su alteridad, que lo hace capaz de

expresarse en plenitud a través de la entrega de sí mismo. Si recibimos la vida que el buen pastor
ofrece por nosotros, si queremos dejarnos conducir por él a una relación de conocimiento-
comunión de amor, podremos descubrir, ya desde ahora, la maravilla de ser realmente hijos del
Padre, y nos encontraremos semejantes a él en la eternidad. No endurezcamos nuestro corazón,
descartando la piedra angular que ha puesto Dios como fundamento de la nueva humanidad:
Cristo es la única salvación verdadera del hombre; pongamos nuestros pasos en sus huellas
seguras.
ORATIO
Jesús, huésped divino y mendigo de amor a la puerta del corazón humano, haz que nada nos
resulte más dulce, nada más deseable, que caminar contigo y morar en ti. Ahora, en las estaciones
de la trashumancia, en las inclementes estaciones de los acontecimientos humanos; después,
durante los siglos eternos, en los soleados pastos del cielo. Haz todo esto por amor a tu nombre,
para manifestar tu gloria en la alegría de nuestra salvación. «La felicidad y la gracia nos
acompañarán» a lo largo del viaje de la vida presente no para que ya nada penoso nos suceda,
sino porque contigo todo será gracia, si lo vivimos con serenidad y paz.

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